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El demonio que me habita: el extraño caso de edward mordrake

El demonio que me habita: el extraño caso de edward mordrake

Nacer en el seno de una adinerada familia burguesa del siglo XIX no era garantía para salvarse de los perversos designios de la naturaleza, o del demonio como es entendida por algunos la extraña y horripilante afección de la que sufría Edward Mordrake.

 

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Tan solo imaginen la sociedad inglesa del siglo XIX, entre grandes casas en las que cada paso se podía escuchar por la noche, aun estando en habitaciones lejanas, gracias al crujido y resonancia de los pisos de madera.

A esto, sumen las largas noches en vela que en invierno podían llegar a ser de hasta 17 horas. Un tiempo demasiado largo para estar a solas con un rostro en la nunca gesticula al ritmo de los pensamientos, si son felices llora, y si son tristes pareciera reírse de tus desgracias.

Así se narraba la historia de Edward Mordrake en Anomalies and Curiosities of Medicine:

“…en la parte posterior de su cabeza había otra cara, la de una hermosa niña, “encantadora como un sueño, horrible como un demonio”. El rostro femenino era una mera máscara, “ocupando solo una pequeña porción de la parte posterior del cráneo, pero exhibiendo todos los signos de inteligencia, sin embargo, de un tipo maligno”.

Un segundo rostro, esa era la maldición de Edward Mordrake que atribuía a alguna maldad de sus antepasados y que él, había tenido que llevar sobre su nuca. Seguramente el aislamiento al que se sometió para evitar la curiosidad y espanto de las personas que le rodeaban, aumento su sufrimiento, viéndose obligado a permanecer mucho más tiempo con su desagradable y atormentador huésped.

“No se escuchaba ninguna voz, pero Mordake decía que por las noches se mantenía lejos de su descanso a causa de los susurros de odio de su “gemelo diablo”, como él lo llamaba, “que nunca duerme, pero me habla para siempre de esas cosas que solo hablan en el Infierno. Ninguna imaginación puede concebir las espantosas tentaciones que pone delante de mí.”

Edward Mordrake al final soportó 23 años conviviendo con un demonio sobre su cabeza, que no podía ver directamente pero sí sentir y escuchar. Prefirió lanzarse a los abismos del suicidio y condenar su alma, a seguir enfrentando al demonio que lo habitaba, no en espíritu, no en las noches más oscuras, sino cada día, cada noche y en todo lugar.

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